En tiempos de crisis, la
balanza de la caridad debe inclinarse más que las aportaciones que se
den al patrimonio. Sin restar importancia a lo que las hermandades
trabajan y pelean por conservar y engrandecer el patrimonio histórico y
artístico de nuestra Semana Mayor, y por tanto, de nuestra Iglesia, el
obispo de la ciudad quiso enfatizar en la importancia que tiene que
seamos la propia Iglesia la que, en momentos de necesidad, estemos más
que nunca cerca de los más necesitados, ayudándolos y auxiliándolos en
la medida de nuestras posibilidades.
Lo hizo en el encuentro que tuvo ayer con las mesas de gobierno de las
distintas hermandades de la campiña jerezana, ya que ha quedado para
posteriores reuniones con la zona del litoral y de la sierra. Y lo
consiguió gracias al tono sincero y cercano con el que se dirigió a los
gobernantes de nuestras hermandades, que se fueron de allí con la
sensación de que el obispo ha querido refrendar el trabajo que hasta el
momento las corporaciones religiosas vienen realizando. Es curioso,
porque si lo analizamos, lo que vino a hacer Mazuelos es recordarnos
nuestras obligaciones, pedirnos mesura en la celebración de actos
extraordinarios y presentarse de manera conjunta al movimiento cofrade
de la ciudad.
Pero ese talante, esa cercanía, la agradecen, y mucho, las hermandades.
La mano tendida, que alguna vez le escuché decir. Di lo que tengas que
decir, pero con la mano siempre tendida. Y eso hizo ayer José Mazuelos.
Que tenéis que hacer un manto, hacedlo. Una corona, la mejor. Pero no
olvidéis a los más pobres, y tened comunión con vuestra Iglesia.
Insistió mucho el pastor en la necesidad de ser cautos para no
convertir los extraordinario en ordinario. Se refería, es obvio, a las
salidas extraordinarias y coronaciones canónicas, aunque alentó desde
el principio a solicitarlas si era con una finalidad predeterminada y
justificada. En fin, un primer contacto satisfactorio, creo que para
ambas partes.
No convertir lo extraordinario en ordinario. Esa frase me quedó grabada
en el corazón, y pensé en los excesos que a veces hacemos los cofrades.
Y en lo poco que ponemos en la balanza de los más desfavorecidos, en la
báscula de la caridad. Y sinceramente, creo que las hermandades están
entendiendo el mensaje, que va calando poco a poco. Incluso el pastor
dio una idea que alguna hermandad ya va poniendo en práctica, la de que
sus más jóvenes visiten a los más ancianos de las cofradías, para que
les cuenten la historia viva de su propia hermandad, mientras ellos, ya
impedidos para ir por allí, se sienten acompañados.
Retos importantes, que se complementan con caravanas de solidaridad,
con campañas de alimentos, con recogida de efectivo, con incremento de
partidas presupuestarias para la Bolsa de Caridad de las cofradías...
Retos que te dejan luego huellas imborrables, como el de aquel hermano
que se presentó en casa de un vecino, supongo que viviría cerca de la
Porvera, para pedir alimentos, con la sorpresa de que les abrió un niño
la puerta, y temeroso de que sus padres le riñeran por dar algo a un
desconocido, les dijo que no podía colaborar con nada de la casa porque
sus padres no se encontraban en ese momento. Pero que si era para los
más pobres de la Soledad, que él daba de lo que tuviera a mano...
En su mano llevaba un bocadillo, y poco más. No sé el nombre del niño.
No sé su calle. No sé nada más de esta historia. Pero sí sé que si yo
fuera el hermano de la Soledad que se lo encontró, le hubiera dado una
estampa de la que ya es su Virgen, porque quien más dio, era quien
menos tenía. O quien más, quién sabe... Porque tenía a la Soledad en su
corazón.
Artículo Publicado por Pepe Vegazo